Dolores y Felipe eran un matrimonio feliz, compartían gustos, entre ellos el ajedrez, sabían gestionar las discusiones que surgían entre ellos y, sobre todo, se querían tal y como eran. Todos se preguntaban cómo una mujer como Dolores había decidido casarse con Felipe, ya que él no era un hombre muy agraciado. La gente solo se fijaba en la imagen de Dolores, en lo superficial, por lo que nadie se aventuraba a conocerla de verdad. Sin embargo, Felipe supo ver a la persona que estaba detrás de esa belleza y eso es lo que enamoró a Dolores.
El más alto de los abades les riñó a los trabajadores, quienes dibujaron en el aire el símbolo del comunismo, la hoz y el martillo. Les advirtió que no quería ver ni una vez más aquel símbolo enemigo de la iglesia católica, y los amenazó con echarlos de aquel convento si hablaban o hacían uso alguna vez más de aquella ideología satánica.
Tercer comic: Era un día soleado de agosto y Jorge había ido a la Playa de la Barrosa a pasar la tarde. Estaba mirando al mar y, de pronto, la mujer de adelante empezó a sacudir la toalla, todos los de alrededor se quedaron mirando con mala cara. No obstante, Jorge se enamoró y empezó a imaginarse a él jugando con ella a su juego de mesa favorito: el ajedrez.
Un día caluroso en la playa, una sola nube y todos los varones mirándola. Ella ya los ignora: ¿Por qué no podrá una mujer ir a la playa sin sentirse observada? ¿Por qué tendrán que voltear a cada paso que avanza? Hasta el bebé parece haberse distraído mientras la mira. Y sin embargo, cruza la mirada con un hombre singular. Por primera vez, su mirada no deja traslucir deseo u otros pensamientos vacíos. Por el contrario, parece reflexionar sobre algo muy particular. ¿Qué pensará este hombre, que por fin parece ser capaz de verme?
Maruja se sentó en la mesa, preparada para dar comienzo a la única cena al año que pasaba acompañada de su familia: la cena de su cumpleaños. El ambiente era bueno, risas, brindis, comida, anécdotas familiares, la tarta de cumpleañor... Maruja se dejó bañar por lo cumplidos de sus hijos y nietos, y por las muestras de afecto que tan extrañas le parecían, acostumbrada a su ausencia. Llegó el momento de despedirse, sus familiares abandonaron la casa de uno en uno. Maruja volvió a quedarse sola. Miró a la cocina llena de platos que fregar. Vio las 100 velas de su pastel de cumpleaños reflejadas en los 100 platos que fregar; pero esta vez no había nadie que la acompañara. "Feliz 100 cumpleaños", pensó. Se puso a fregar.
Erase una vez una señora llamada Amanda, tenía 85 años e iba en silla de ruedas. Era su cumpleaños y la familia decidió celebrarlo a lo grande, es por ello que hicieron una comida en la cual le dieron comienzo con un brindis. Brindaban por ella, agradeciendo todo el trabajo que había hecho por la familia durante toda la vida. La comida estaba buenísima, tanto, que nadie se preocupó por hablar con Amanda durante la comida. Por un lado estaban los hijos hablando de negocio, por otro, las nueras hablando de los hijos, pero nadie se acercaba a hablar con Amanda. Llegó la hora de marchar, todos le agradecieron a Amanda el trato recibido por ella, la felicitaron una vez más y se fueron marchando uno a uno. Finalmente, Amanda tuvo que fregar los 85 platos sin recoger que le había dejado la familia, parecía que ese había sido su regalo, un regalo envenenado.
Mientras se fumaba un cigarrillo, Pepe pudo imaginar como sería estar con la despampanante mujer que sus ojos observaban con entusiasmo. Los dedos largos y pulcros adornados por finas uñas color rubí y con tintineantes brazaletes de un cuestionable color dorado. Esas manos que rozaban la perfección parecían esculturas en mármol talladas con la destreza de Michelangelo que, sin duda, marcarían un claro jaque a la reina.
Todo amante de los gatos sabe que no importa cuánto te gastes en la camita de tu pequeño felino, siempre preferirán el lugar más inadecuado o el objeto que estés utilizando. ¿Su cama carísima, mullida y calentita? No. ¿Tu cama? Seguramente cuando la necesites. ¿El sofá? Ahora no le apetece, mejor cuando quieras sentarte tú en el. ¿El portátil que necesitas para hacer una tarea urgente? ¡Perfecto! ¡El lugar ideal para echar una siestecita!
La familia entera va a visitar a la abuela por su cumpleaños. Allí disfrutan del festín, de la tarta y del alcohol, brindan en honor de la cumpleañera, la llenan de regalos, cumplidos, besos y palabras de amor. Pero la tarde pasa, la comida se acaba y cada uno vuelve a sus respectivas casa, dejando a la abuela sola y con la casa llena de cacharros sucios que tendrá que limpiar.
94 años cumplía Cándida el día que celebró su cumpleaños en su casa con su familia. Hermanos, sobrinos, nietos, bisnietos, hijos... Todos se juntaron para disfrutar de una buena comida en familia. En el banquete hubo de todo. De comer carnes, pescados, mariscos, entrantes de todo tipo, postres suculentos etc. De beber todo menos agua: vino, cava, champagne, sorbete, refrescos, cerveza etc. Por lo menos 20 personas se juntaron en casa de Cándida aquel día, ella sopló las velas y le cantaron el cumpleaños feliz. Cuando acabaron de comer, allá hacia las tres de la tarde, la gente se empezó a marchar de su casa, cada familiar le dio a Cándida una cálida despedida. Sin embargo, ninguno de sus familiares se dignó a recoger un plato, todos se marcharon de su casa sin ni siquiera ofrecerse a ayudarla con la limpieza. Tanto tiempo como duró la comida tuvo que emplear Cándida a sus 94 años recién cumplidos y en silla de ruedas a fregar los cacharros y ordenar el comedor.
El Otro. Sin rostro y sin voz. Completamente deshumanizado —sin alma—, y lejos. El ego lo transforma todo: nos hace admirar sin saber porqué a un Otro sin rostro y sin voz —sin alma—. Y un día, sin saber cómo, acabamos convirtiéndonos en eso mismo, deshumanizados, pasando a ser un Otro para alguien que nos admira sin saber por qué, aunque ya no tengamos ni rostro ni voz —y apenas nos quede alma—.
Era un día caluroso en el mes de agosto y Elena decidió ir a la playa. Mientras se quitaba el pareo sintió cómo todas las miradas se dirigían a ella , obviamente, por su increíble belleza; tanto el niño pequeño que jugaba con el cubo, como el señor que estaba al fondo con su mujer y el hombre que está en primer plano. Sin embargo, llama la atención cómo el hombre que está fumando y tiene junto a él un libro se imagina una situación con ella que no tiene absolutamente nada que ver con su físico. La mayor afición de Luis era jugar al ajedrez, y solo le interesaba eso de una mujer. Por esa razón, se imagina que juega contra ella una partida. Como ella se siente observada, una vez más, no es consciente de que él mira más allá de su físico.
Escuchaba hace días el mito de la Avaricia que relataba la historia de un hombre que poseía numerosas propiedades, bienes materiales y una fortuna incalculable. Todos lo conocían como el hombre más codicioso nunca visto anteriormente. Todo aquello que parecía inalcanzable conseguía tenerlo en sus manos, hasta que, un buen día recibió la noticia de que había alguien que parecía tener un objeto infinitamente valioso en sus manos: un collar de gemas que se encontraba en una remota montaña en la que vivía un anciano. El hombre avaricioso se dirigió hacia la montaña con el objetivo de ofrecer mucha fortuna por el collar y así seguir siendo el hombre más poderoso de la tierra. Sin embargo, cuando se encontró con el anciano, este le advirtió de los peligros que pueden existir cuando nos dejamos llevar por la codicia y la observación del prójimo por todo aquello que tiene y nosotros no. El hombre avaricioso hizo caso omiso sobre la advertencia del anciano, lo que posteriormente le llevaría a comprender que, la pertenencia de bienes y fortunas infinitas no tiene nada que ver con la felicidad de uno mismo.
Crónica de una sociedad avergonzada. En un mundo distópico, pero no muy alejado de la realidad actual, se tapan cuerpos inofensivos y se dejan al descubierto miradas dañinas que juzgan los cuerpos desnudos. Y, en este mundo criticón, aquél que, sin vergüenza, destapa su cuerpo y tapa su mirada para evitar juzgar es, irónicamente, criticado y repudiado por los demás.
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ResponderEliminarDolores y Felipe eran un matrimonio feliz, compartían gustos, entre ellos el ajedrez, sabían gestionar las discusiones que surgían entre ellos y, sobre todo, se querían tal y como eran. Todos se preguntaban cómo una mujer como Dolores había decidido casarse con Felipe, ya que él no era un hombre muy agraciado. La gente solo se fijaba en la imagen de Dolores, en lo superficial, por lo que nadie se aventuraba a conocerla de verdad. Sin embargo, Felipe supo ver a la persona que estaba detrás de esa belleza y eso es lo que enamoró a Dolores.
ResponderEliminarEl más alto de los abades les riñó a los trabajadores, quienes dibujaron en el aire el símbolo del comunismo, la hoz y el martillo. Les advirtió que no quería ver ni una vez más aquel símbolo enemigo de la iglesia católica, y los amenazó con echarlos de aquel convento si hablaban o hacían uso alguna vez más de aquella ideología satánica.
ResponderEliminarTercer comic:
ResponderEliminarEra un día soleado de agosto y Jorge había ido a la Playa de la Barrosa a pasar la tarde. Estaba mirando al mar y, de pronto, la mujer de adelante empezó a sacudir la toalla, todos los de alrededor se quedaron mirando con mala cara. No obstante, Jorge se enamoró y empezó a imaginarse a él jugando con ella a su juego de mesa favorito: el ajedrez.
Un día caluroso en la playa, una sola nube y todos los varones mirándola. Ella ya los ignora: ¿Por qué no podrá una mujer ir a la playa sin sentirse observada? ¿Por qué tendrán que voltear a cada paso que avanza? Hasta el bebé parece haberse distraído mientras la mira. Y sin embargo, cruza la mirada con un hombre singular. Por primera vez, su mirada no deja traslucir deseo u otros pensamientos vacíos. Por el contrario, parece reflexionar sobre algo muy particular. ¿Qué pensará este hombre, que por fin parece ser capaz de verme?
ResponderEliminarMaruja se sentó en la mesa, preparada para dar comienzo a la única cena al año que pasaba acompañada de su familia: la cena de su cumpleaños. El ambiente era bueno, risas, brindis, comida, anécdotas familiares, la tarta de cumpleañor... Maruja se dejó bañar por lo cumplidos de sus hijos y nietos, y por las muestras de afecto que tan extrañas le parecían, acostumbrada a su ausencia. Llegó el momento de despedirse, sus familiares abandonaron la casa de uno en uno. Maruja volvió a quedarse sola. Miró a la cocina llena de platos que fregar. Vio las 100 velas de su pastel de cumpleaños reflejadas en los 100 platos que fregar; pero esta vez no había nadie que la acompañara. "Feliz 100 cumpleaños", pensó. Se puso a fregar.
ResponderEliminarErase una vez una señora llamada Amanda, tenía 85 años e iba en silla de ruedas. Era su cumpleaños y la familia decidió celebrarlo a lo grande, es por ello que hicieron una comida en la cual le dieron comienzo con un brindis. Brindaban por ella, agradeciendo todo el trabajo que había hecho por la familia durante toda la vida.
ResponderEliminarLa comida estaba buenísima, tanto, que nadie se preocupó por hablar con Amanda durante la comida. Por un lado estaban los hijos hablando de negocio, por otro, las nueras hablando de los hijos, pero nadie se acercaba a hablar con Amanda.
Llegó la hora de marchar, todos le agradecieron a Amanda el trato recibido por ella, la felicitaron una vez más y se fueron marchando uno a uno.
Finalmente, Amanda tuvo que fregar los 85 platos sin recoger que le había dejado la familia, parecía que ese había sido su regalo, un regalo envenenado.
Mientras se fumaba un cigarrillo, Pepe pudo imaginar como sería estar con la despampanante mujer que sus ojos observaban con entusiasmo. Los dedos largos y pulcros adornados por finas uñas color rubí y con tintineantes brazaletes de un cuestionable color dorado. Esas manos que rozaban la perfección parecían esculturas en mármol talladas con la destreza de Michelangelo que, sin duda, marcarían un claro jaque a la reina.
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La familia entera va a visitar a la abuela por su cumpleaños. Allí disfrutan del festín, de la tarta y del alcohol, brindan en honor de la cumpleañera, la llenan de regalos, cumplidos, besos y palabras de amor. Pero la tarde pasa, la comida se acaba y cada uno vuelve a sus respectivas casa, dejando a la abuela sola y con la casa llena de cacharros sucios que tendrá que limpiar.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar94 años cumplía Cándida el día que celebró su cumpleaños en su casa con su familia. Hermanos, sobrinos, nietos, bisnietos, hijos... Todos se juntaron para disfrutar de una buena comida en familia. En el banquete hubo de todo. De comer carnes, pescados, mariscos, entrantes de todo tipo, postres suculentos etc. De beber todo menos agua: vino, cava, champagne, sorbete, refrescos, cerveza etc. Por lo menos 20 personas se juntaron en casa de Cándida aquel día, ella sopló las velas y le cantaron el cumpleaños feliz. Cuando acabaron de comer, allá hacia las tres de la tarde, la gente se empezó a marchar de su casa, cada familiar le dio a Cándida una cálida despedida. Sin embargo, ninguno de sus familiares se dignó a recoger un plato, todos se marcharon de su casa sin ni siquiera ofrecerse a ayudarla con la limpieza. Tanto tiempo como duró la comida tuvo que emplear Cándida a sus 94 años recién cumplidos y en silla de ruedas a fregar los cacharros y ordenar el comedor.
ResponderEliminarSegundo cómic.
EliminarEl Otro. Sin rostro y sin voz. Completamente deshumanizado —sin alma—, y lejos. El ego lo transforma todo: nos hace admirar sin saber porqué a un Otro sin rostro y sin voz —sin alma—. Y un día, sin saber cómo, acabamos convirtiéndonos en eso mismo, deshumanizados, pasando a ser un Otro para alguien que nos admira sin saber por qué, aunque ya no tengamos ni rostro ni voz —y apenas nos quede alma—.
ResponderEliminarEra un día caluroso en el mes de agosto y Elena decidió ir a la playa. Mientras se quitaba el pareo sintió cómo todas las miradas se dirigían a ella , obviamente, por su increíble belleza; tanto el niño pequeño que jugaba con el cubo, como el señor que estaba al fondo con su mujer y el hombre que está en primer plano. Sin embargo, llama la atención cómo el hombre que está fumando y tiene junto a él un libro se imagina una situación con ella que no tiene absolutamente nada que ver con su físico. La mayor afición de Luis era jugar al ajedrez, y solo le interesaba eso de una mujer. Por esa razón, se imagina que juega contra ella una partida. Como ella se siente observada, una vez más, no es consciente de que él mira más allá de su físico.
ResponderEliminarEscuchaba hace días el mito de la Avaricia que relataba la historia de un hombre que poseía numerosas propiedades, bienes materiales y una fortuna incalculable. Todos lo conocían como el hombre más codicioso nunca visto anteriormente. Todo aquello que parecía inalcanzable conseguía tenerlo en sus manos, hasta que, un buen día recibió la noticia de que había alguien que parecía tener un objeto infinitamente valioso en sus manos: un collar de gemas que se encontraba en una remota montaña en la que vivía un anciano. El hombre avaricioso se dirigió hacia la montaña con el objetivo de ofrecer mucha fortuna por el collar y así seguir siendo el hombre más poderoso de la tierra. Sin embargo, cuando se encontró con el anciano, este le advirtió de los peligros que pueden existir cuando nos dejamos llevar por la codicia y la observación del prójimo por todo aquello que tiene y nosotros no. El hombre avaricioso hizo caso omiso sobre la advertencia del anciano, lo que posteriormente le llevaría a comprender que, la pertenencia de bienes y fortunas infinitas no tiene nada que ver con la felicidad de uno mismo.
ResponderEliminarCrónica de una sociedad avergonzada. En un mundo distópico, pero no muy alejado de la realidad actual, se tapan cuerpos inofensivos y se dejan al descubierto miradas dañinas que juzgan los cuerpos desnudos. Y, en este mundo criticón, aquél que, sin vergüenza, destapa su cuerpo y tapa su mirada para evitar juzgar es, irónicamente, criticado y repudiado por los demás.
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